jueves, 14 de noviembre de 2013

Crepúsculo sin retorno.

Monumentos de piedra enmohecida
agazapados en el fondo de los ojos
la realidad que despunta a través de las ciénagas
de atardeceres inconclusos
que me tronchan el momento
en cópulas inseparables de pensamientos y emociones
los ojos se pierden como las estrellas
tras un día encapotado
y una noche de ciudad iluminada
las palabras despegan como cohetes trágicos
que jamás atravesaron la termosfera
del planeta catatonia, sádicamente
ornamentado con monumentos hundidos en un fango arrendado
a algún demonio de mala muerte.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Catatonia.

Tu edad sin fondo me tele-transportaba ineludiblemente
a un símil de la vida
y por ende de la muerte:
la soledad multitudinaria de un día bochornoso
la fotografía de una hoja seca
es decir, de un cadáver inevitable
tu sol y edad
planeta mortal y mortífero
destinado a balbucear relámpagos efímeros.

Tu única vida.

Ahuyenta mi cadáver, mi fosa común
el esqueleto con sus tejidos mortales quiere seguir jugando
un juego sin partida y sin jugadores:
lamer el piso para ver el cielo
llorar desiertos para oler una flor
soñar todos los sueños posibles para así despertar
de una vez por todas, bien despierto
ahogar su sed insaciable en aguas insondables
para así respirar la libertad de los sentidos:
desear no desear.
Esqueleto mío, -que no eres mío-
como un adolescente tímido nos precipitamos
a saludar desde un primer beso la soledad lunar
de una quinceañera por siempre añorada
mientras cavamos tu tumba, tu dulce fosa común
tu única vida.
Y si todos los pasos se arremolinarán
en un único punto:
un agujero negro que absorbe todos los alientos.
Y si todos los pasos fueran dados por un único 
par de pies 
destinados a perderse en la inmensidad de los caminos y derroteros
a encontrarse en un único punto
para dentro de unos pocos pasos desconocidos volver a extraviarse como muchos pájaros
en una única jaula.

Suspiro de bestias.

El viento oye nuestros rumores de fieras disecadas:
la definición del ser humano
mares de inconsciencia, espejismos de lucidez
en los desiertos del viajero fatídico y errante

Miramos en las sombras lo que sólo brilla a la luz de nuestros ojos
que ya no brillan de tanto espanto nebuloso
existencia atómica anunciada a viva voz
pero al universo lo tomamos por sordo
y así nos contentamos con gritar nuestros gritos sin rumbo
de oreja en oreja, esperanza de remecer los nervios
de las fieras disecadas
pero el viento se regocija extrañamente con nuestros rumores.

La sangre petrificada de los años descarnados.

La sangre petrificada de los años descarnados
ha hundido mis nervios en anhelos centelleantes
hay fuego en la mansión del olvido
las estatuas se retuercen como gusanos
en esta plaza de ancianos y vientos violentos

Perdona, oh, rayo cósmico sutil, la torpeza de mis sentidos
la alienación de mi razón impura con las palabras y las cosas
en el fondo de mi ópera canta un grillo sin fin
y las tinieblas de mi estupor rayan las atmósferas violáceas de una flor marchita.

Ahogan mi canto las sirenas de los abismos furiosos
y debo cargar con mi peor vergüenza: mi sombra gris profunda
hambrienta y despechada, ensañada con los faros del infinito

Extirpa mi sed la aurora ingrata
que las sabanas manchadas de sangre onírica me enredan la voluntad,
pesada bandera
percibo el día estremecerse en las cortinas
y yo me quedo hundido en mis nervios salinos,
en mi sangre petrificada.